martes, 8 de enero de 2013

Autodisciplina. Día 5

Como el sábado no tuve oportunidad de continuar con mi plan en el blog, he decidido recuperar el tiempo perdido esta noche (el marido está tranquilamente viendo la televisión y me ha dicho que no hay problema si lo abandono un poquito por mi operación autodisciplina), y leer-explicar el capítulo 5 del libro.

Hoy ha sido un día de fiesta y no he avanzado nada en mi trabajo. Sin embargo, voy notando que me cuesta menos hacer ciertas cosas (tareas del hogar, cocinar, escribir). Es como si tuviera más energía, como si al vislumbrar mis miedos (que no controlarlos completamente, sé que para esto aún me queda un largo trabajo) hubiera soltado un poco de lastre. Esperemos que esto siga así... La verdadera prueba de fuego viene mañana, que es un día fuera de las vacaciones en el que tengo que incorporarme a mi trabajo investigador al 100%.

Hasta ahora, he hablado del miedo al fracaso, al éxito, al rechazo y a la mediocridad, como herramientas inconscientes que tiran y aflojan nuestra fuerza de voluntad. Además, he mencionado el poder de decirnos a nosotros mismos frases en presente para animarnos y motivarnos. Por mi parte, me he dado cuenta de que utilizo muchísimos "debería", y esto en realidad es pernicioso, pues al decirnos "debería", estamos dando a entender que no estamos haciendo lo que nos habíamos propuesto, y que además no tenemos mucho control sobre ello. Decir: "debería tener menos miedo al rechazo" habla de algo que querríamos hacer pero que no estamos haciendo, y con lo que además no nos estamos comprometiendo activamente, aquí y ahora.

Es mejor sustituir estos "debería...", "ojalá que...", "tendría que...", por las afirmaciones directas en presente, simple y llanamente. Ejemplos: ahora dejo de tener miedo al rechazo; no temo al fracaso, si éste se produce no será tan terrible, no soy peor persona por ello; ahora estoy haciendo lo que quería hacer: trabajar, lavar, escribir este post...

En este momento, estoy dispuesta a explorar el quinto de los miedos paralizantes según el autor, que es el MIEDO AL RIESGO.



En este capítulo, se explora el miedo a lo desconocido, y la excesiva importancia que hemos dado a los valores de seguridad y protección. En un tiempo de crisis y profundos cambios como el que nos ha tocado vivir, para una persona joven temer a los riesgos o a la inseguridad sería una opción poco práctica.

Una cualidad que va muy unida al miedo excesivo a los riesgos es la confianza. Una persona que confía en sí mismo, no le temerá tanto a situaciones nuevas o desconocidas como una que no confía en sí mismo, y que por ello sólo se siente cómoda en situaciones que conoce y ha aprendido a controlar.

"Como todo el resto de nuestros miedos, el miedo a los riesgos opera encubiertamente. Nuestra única pista a su sutil manipulación está en su resultado sobre nuestras vidas: la repetición que conduce al estancamiento". Por lo tanto, si somos de esas personas que no cambian sus hábitos o sus actividades con el tiempo, que viven en un estancamiento constante, probablemente tememos a los riesgos, aunque nunca nos lo hayamos planteado.

Un enfoque de este capítulo que me ha gustado, es que el autor equipara a la autodisciplina y a la confianza con un músculo que puede atrofiarse si no se usa. Respecto a la autodisciplina, todos sabemos que muchas veces el paso más costoso es el primero (por ejemplo, ir por primera vez al gimnasio, o empezar a escribir un libro) pero que conforme esta actividad se va repitiendo, cada vez resulta más fácil, hasta que creamos un hábito por el que introducimos esta tarea en nuestro día a día y podemos realizarla sin grandes esfuerzos. ¿Pero qué ocurre con la confianza? ¿También se puede entrenar o atrofiar? El autor nos sugiere que, si siempre hacemos las mismas cosas y rara vez nos movemos fuera de nuestra zona de confort, dejamos de utilizar la confianza. Puesto que son actividades conocidas y controladas, no hace falta que al ejecutarlas utilicemos la confianza en nosotros mismos, y al cabo de un tiempo ésta parece que "se olvida", se debilita.

He experimentado esto en mi propia piel muchas veces. Por ejemplo, yo antes de conocer a mi actual marido, recuerdo que había bastantes ocasiones en que salía sola. Al cine, a tomar un café, a dar un paseo. Incluso he hecho mis pequeñas escapadas de un día yo sola, si no encontraba ninguna amiga disponible para venir conmigo. Ahora, realmente lo único que hago sola con frecuencia es ir de compras. No he vuelto a ir sola al cine, y rara vez a tomar un café o una cerveza. Y reconozco que, en cierta forma, me cuesta más que antes enfrentarme a estos pequeños retos. Al igual que me cuesta más hablar con desconocidos (claro, antes esto formaba parte de mi rutina diaria), y tengo algo menos de interés en conocer a gente nueva.

Todo esto son pequeñas muestras de que, si no entrenamos diariamente esas habilidades sociales y personales que nos hacen sentir confiados, en cierta forma las perdemos, al igual que una buena forma física se acaba perdiendo si no se hace ejercicio de mantenimiento.

Por ello, creo que es recomendable para todos nosotros, incluso si ahora mismo no pensamos experimentar cambios importantes en nuestra vida (de trabajo, de pareja, de lugar de residencia, de aficiones), destinar cada semana un ratito a probar algo nuevo. Puede ser cocinar algo nuevo y totalmente distinto a lo que hacemos, ir con nuestra pareja a un restaurante que no conocemos, enviar un mail a una persona a la que acabamos de conocer, apuntarnos a clases de algo exótico, o cambiar ligeramente nuestro peinado o nuestro modo de vestir. Necesitamos entrenar nuestra confianza, y para ello, necesitamos enfrentarnos continuamente a situaciones nuevas, a pequeños retos.

Si vives junto al mar, prueba a hacer surf, por ejemplo.

La autodisciplina y la confianza se alimentan la una a la otra. Si no crees en ti, difícilmente te pondrás a trabajar en ese nuevo negocio o ese cambio personal. Y muchas veces no creemos en nosotros porque vemos los riesgos como situaciones peligrosas e insuperables, mucho más de lo que en realidad son.

"Quién no se arriesga, no gana nada. Así es. Comienza a pensar en los riesgos como oportunidades, no como amenazas. Cuando te enfrentas con un riesgo que deseas tomar, pero te sientes inmovilizado por el miedo y la ansiedad, practica la auto-conversación. Pregúntate “¿Qué es lo peor que me puede pasar?” Las posibilidades son que, si te haces esta pregunta, encontrarás que tus catastróficas expectativas son probablemente exageradas"

via

De nuevo, llega el momento de los ejercicios. Esta vez, se trata de escribir tres experiencias (como siempre de la infancia o adolescencia, siendo específico, en un período de 15 minutos) en las que desearíamos no haber hecho algo que hicimos. Es decir, que tomamos un riesgo y terminamos apenados o molestos.

Vamos, coged lápiz y papel y nos vemos en breve... Como en los casos anteriores, hay que fijarse en las sensaciones físicas y emocionales que se despiertan en nosotros mientras hacemos el ejercicio.

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Creo que de todos los miedos, este es el que hasta ahora menos me ha paralizado. No es que haya tomado riesgos enormes en mi vida, pero es cierto que siempre he vivido los cambios con una actitud bastante optimista. Aunque me imponía cierto respeto, me ha gustado siempre cambiar de ciudad, cambiar de trabajo, conocer a gente nueva. No me gusta el estancamiento, y cuando noto que me estoy estancando, intento hacer algo para evitarlo.

En los últimos años, me he atrevido a hacer cosas que no hubiera imaginado siendo más jovencita, cuando era más insegura. Entre otras cosas, he vivido en un país extranjero, he bailado en público con un grupo de baile, y he creado un blog con una temática que prácticamente desconocía como son las bodas. :-)

Pero vuelvo al ejercicio... Entre las experiencias que me han hecho pensar "desearía no haber hecho eso", lo que he podido recordar son ocasiones en que me perdió mi impulsividad, y hablé y dije cosas de las que luego me arrepentí. Me habría gustado no correr el riesgo de expresarme, de decir lo que pensaba. Pero ahora que lo pienso me digo: ¿y qué? ¿y qué si dije más de la cuenta? ¿y qué si los demás pensaron que era débil o estúpida?

Lo cierto es que los riesgos que asumimos suelen enseñarnos lecciones valiosas. Y muchas veces, y aunque no queramos, incluso aun sin correr ningún gran riesgo no estamos exentos de circunstancias negativas de nuestra vida. Cada vez que salimos a la calle, podrían pasarnos decenas de cosas desagradables, desde resbalarnos hasta la caída de un meteorito. Y sin embargo seguimos saliendo a la calle todos los días.

La enseñanza más valiosa que me ha enseñado esta lección es que, para aumentar la confianza en mí misma, es más útil asumir riesgos que esquivarlos. Con los riesgos entreno mi confianza, aprendo y evoluciono. Aparte, los pequeños riesgos me hacen sentir viva. La rutina y la monotonía, además de llevarme a atrofiar esta confianza que ya tengo, me parecen aburridas.

Descubrir cosas nuevas es sano. Las consecuencias catastróficas que puedo prever de ciertas acciones, no son tan graves como puedo llegar a imaginar. Elijo confiar en mí y en mis capacidades, y sin llegar a ser temeraria, elijo acoger con gusto nuevos retos que se me planteen involuntariamente, y los que yo misma me proponga.

¿Y vosotras, teméis a los cambios? ¿Os sentís más cómodas en la rutina del día a día? ¿Creéis que esta evitación de las situaciones nuevas y desconocidas acaba debilitando la confianza en nosotros mismos?


Asume los riesgos. Si ganas, serás feliz; si pierdes, serás más sabio. via.

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